Empezar una comida o una reunión con una botella de vino sobre la mesa suele generar ese ambiente agradable que hace que todo fluya mejor, ya que da pie a conversaciones distendidas y momentos que se recuerdan con cariño. Aun así, servir el vino de forma que realmente se disfrute puede parecer una tontería, aunque cuando uno presta atención a pequeños detalles aparece una sensación distinta que hace que la experiencia gane en calidad sin que haga falta complicarse la vida. Hablar de temperatura, copas, apertura o cómo mover la botella no es cosa de expertos ni de sibaritas, sino de entender cuatro puntos esenciales que cualquiera puede aplicar en casa sin esfuerzo y con resultados que sorprenden bastante.
La elección de las copas.
La primera impresión al servir un vino está muy condicionada por las copas, ya que influyen en la manera en que percibimos los aromas y en la comodidad al beber. Es verdad que la mayoría de la gente tiene lo que tiene en casa, y tampoco pasa nada por usar unas copas normales si es lo que hay, aunque cuando se escoge una copa con una forma adecuada se nota inmediatamente. Un vino tinto suele respirar mejor en una copa ancha con la parte superior ligeramente cerrada, porque así el aroma queda más concentrado y llega al olfato de forma agradable en el primer sorbo. En cambio, los blancos piden algo más estilizado y estrecho, ya que se sirven más fríos y esa estructura ayuda a que no pierdan su carácter tan rápido.
Hay quien piensa que esto es un capricho, pero en cuanto se ponen dos copas diferentes una al lado de la otra y se prueba el mismo vino en ambas se aprecia una diferencia inesperada que hace que se entienda el porqué de tanta recomendación. No hace falta llenar cinco modelos distintos ni montar una vitrina enorme, basta con tener un par de copas versátiles que resulten cómodas y que permitan beber a gusto. Cuando la copa es demasiado gruesa, pesa en exceso o tiene una forma poco práctica, esa incomodidad pasa desapercibida durante un rato, aunque alargándose la conversación se nota que el gesto de llevarla a la boca cansa o que el vino se calienta rápido, afectando a lo que se está bebiendo.
Un pequeño detalle que conviene tener en cuenta es que las copas deben sujetarse por el tallo, no por el cáliz, porque el calor de la mano altera la temperatura del vino. A veces se hace por costumbre o por desconocimiento, aunque cuando uno se acostumbra a coger la copa por el tallo se siente más ligereza y se evita calentar la bebida sin querer. Todo esto suma a esa sensación de comodidad sencilla que mejora un vino de manera más natural que cualquier truco complejo.
La temperatura correcta.
La temperatura es una de esas cosas que parecen evidentes hasta que se prueba un vino que está demasiado frío o demasiado caliente y se descubre cómo cambia su carácter. Un tinto ligeramente fresco se vuelve mucho más agradable, ya que mantiene su personalidad sin volverse pesado; un blanco que está demasiado frío pierde aroma y queda muy plano; un rosado a temperatura ambiente no termina de ser refrescante y se nota en el primer sorbo que algo no está en su sitio. Por eso conviene tener una idea clara de qué temperatura funciona mejor para cada tipo sin necesidad de memorizar valores técnicos.
Los tintos jóvenes suelen agradecer un punto de frescura que ronda los 14 grados, mientras que los tintos más potentes funcionan mejor hacia los 16 o 17, ya que así se abren y muestran mejor su aroma. Los blancos suelen rendir bien en un rango entre 8 y 12 grados, dependiendo de si son más afrutados o más secos. Aun así, lo más práctico suele ser meter la botella un rato en la nevera y sacarla cuando se vaya a abrir, dejando que se atempere unos minutos si se nota demasiado fría.
Lo importante es no obsesionarse con cifras exactas, sino entender que la temperatura afecta a cómo se percibe el aroma y la textura, y que un ajuste mínimo cambia por completo la sensación en boca. En reuniones informales pasa mucho que el vino queda olvidado encima de la mesa y se va calentando poco a poco, de manera que, cuando se vuelve a servir, ya no sabe igual. Una pequeña cubitera con agua y hielo arregla esto fácilmente y mantiene el vino en su punto durante toda la comida sin que uno tenga que estar pendiente. Son detalles que parecen secundarios, aunque marcan una diferencia clara en el disfrute general.
El proceso de apertura y la oxigenación.
Abrir una botella parece lo más simple del mundo, aunque cuando se hace con calma y sin prisas se aprecia cómo arranca la experiencia de otra manera. Un sacacorchos cómodo, que no requiera fuerza ni complicaciones, ayuda muchísimo, ya que evita que el corcho se rompa o que la botella se mueva más de lo necesario. En el caso de los vinos más delicados, abrirlos con suavidad hace que el primer aroma salga con naturalidad y sin ese golpe brusco que a veces se nota cuando se estira demasiado rápido.
Después llega el tema de la oxigenación, una parte que mucha gente da por sentado pero que tiene una influencia enorme en los aromas y en la sensación final. Cuando un vino ha estado sellado durante meses, incluso años, necesita un momento para “despertar”, y ese contacto con el aire suaviza los olores cerrados y deja que aparezcan matices que estaban ocultos. A veces basta con servir un poco en la copa y moverla suavemente con la mano, ya que ese gesto airea el vino sin necesidad de gadgets especiales; otras veces, cuando el vino es más estructurado, echarlo en un decantador mejora bastante la experiencia.
Los profesionales de Giona Company, donde podemos comprar vinotecas pequeñas online, comentan a menudo que un buen control del aireado ayuda a que el vino gane expresividad con rapidez, especialmente en botellas jóvenes que se benefician mucho de ese equilibrio entre oxígeno y aroma. Es un consejo que suele pasar desapercibido y que, cuando se aplica bien, agiliza el proceso para disfrutar del vino sin tener que esperar demasiado.
El arte de servir sin complicarlo.
Servir vino de manera natural consiste en buscar un equilibrio entre comodidad y cuidado sin caer en maniobras teatrales. El gesto de inclinar ligeramente la botella, mantenerla estable y dejar que el líquido caiga con suavidad crea una sensación muy agradable para quien lo recibe, ya que la copa se llena sin salpicaduras y sin movimientos bruscos. El truco está en no levantar demasiado la botella y controlar el flujo para que no se desborde. Parece obvio, aunque muchas veces el pulso se acelera cuando hay varias personas esperando y uno se precipita más de la cuenta.
Un detalle que funciona muy bien consiste en girar un poco la muñeca al terminar de servir para evitar que la gota final caiga sobre el mantel. Ese gesto rápido y sencillo queda limpio y deja la botella lista para el siguiente invitado. Las botellas tintas pueden gotear con facilidad, así que este movimiento ayuda bastante a mantener todo ordenado sin tener que estar pendiente constantemente de servilletas o paños.
También conviene tener en cuenta la altura de servicio, ya que llenar demasiado la copa hace que el vino se caliente más rápido y complica el movimiento para olerlo o airearlo. Lo habitual es servir un tercio, porque da margen a mover la copa y permite que los aromas se mezclen con aire de forma natural, al mismo tiempo que se conserva la temperatura adecuada por más tiempo. Cuando la copa está llena hasta arriba, se pierde esa comodidad y el vino deja de comportarse como debería.
En reuniones más relajadas es común que cada persona tienda a servirse lo suyo, lo cual está bien si el ambiente lo pide, aunque cuando eres tú quien quiere cuidar la experiencia, ofrecerte a servir transmite una sensación de atención que hace que todo fluya con más armonía. Es un gesto que queda bonito y que invita a disfrutar del vino de una manera más pausada.
La experiencia sensorial y la conversación que genera.
El vino tiene esa particularidad de acompañar las conversaciones de una forma muy natural y, cuando se sirve bien, contribuye a que la velada se sienta más equilibrada. La experiencia sensorial empieza por el olfato, ya que el aroma prepara al paladar para lo que va a venir. Acercar la nariz a la copa, aspirar suavemente y detectar un matiz agradable hace que el primer sorbo tenga un sentido más completo. No hace falta analizar nada ni ponerse técnico, basta con notar si el aroma resulta fresco, afrutado, especiado o más profundo, y dejar que eso guíe la primera impresión.
Cuando el vino acompaña ese tipo de diálogos, la experiencia se siente más completa, porque no se trata solo del sabor, sino de lo que provoca en la mesa. Esa relación entre aroma, temperatura y conversación es lo que hace que muchas personas, al salir de una comida agradable, recuerden que la botella estaba buena, aunque no sepan decir exactamente por qué. El vino fluye con la charla y aporta una sensación cálida que acompaña sin imponerse.
El tacto también tiene su parte, puesto que la textura del vino en boca cambia mucho según su estructura. Algunos son ligeros y pasan con rapidez, dando una sensación refrescante que invita a seguir conversando; otros llenan un poco más, aportando un cuerpo que acompaña mejor comidas más contundentes. No hace falta clasificar nada, basta con prestar un mínimo de atención para ver cómo encaja cada sorbo con lo que se está viviendo en ese momento.